Antes de eso, había pasado más de 12 años en el emprendimiento familiar de transporte de personal en Antofagasta. Disfrutaba conducir, recorrer y entender cómo se conectan las rutas y las personas. Con el tiempo entendí que esa etapa también fue formación. Luego vino otra: estudiar de noche y apoyar de día en la granja familiar. No fue fácil, y muchas veces no se veía un camino claro. Aun así, seguí avanzando.
Después de la práctica, llegaron meses de incertidumbre. El mercado no ayudaba, las opciones no convencían y mi experiencia laboral iba por otro lado. Podía quedarme esperando o avanzar con lo que tenía. Elegí lo segundo. Nuevamente apareció mi hermano, ya en el sector público, y me motivó a mirar ese camino. Postulé, fui a entrevistas, seguí participando… hasta que un día llegó el correo: había sido seleccionado para el aeropuerto.
Este año ha sido una mezcla de aprendizaje técnico y adaptación personal: trabajo entre oficina y terreno, levantamiento de información, orden, criterio y también resolver imprevistos, incluso con mi auto, que es clave en mi rutina. En paralelo, he seguido cultivando algo que siempre me ha acompañado: mi interés por la conectividad y la tecnología, como una forma de entender mejor el entorno y optimizar lo que hago.
Si algo me deja este proceso es una convicción: las oportunidades existen, pero no se activan solas. En mi caso hubo apoyos, herramientas y personas que influyeron, pero el punto de inflexión siempre fue decidir avanzar. Me parece bien que exista ayuda para quienes la necesitan, pero cuando uno tiene la posibilidad, quedarse inmóvil también es una decisión.
Hoy tengo estabilidad, una rutina que valoro y un trabajo donde puedo seguir desarrollándome. No lo veo como un punto de llegada, sino como parte de un proceso. Moverse, incluso sin tener todo claro, sigue siendo mejor que quedarse esperando.
Publicado en Viernes Santo, volviendo a este blog tras 13 años, y esta fue mi reflexión.