Resistencia analógica
Hace unos días, en el transporte público, vi una escena que ya parece normal: un vagón completo con la mirada fija en la pantalla. Días después, mientras conducía al trabajo, observé a varios automovilistas con videos reproduciéndose en el tablero. Me quedó dando vueltas una pregunta: ¿en qué momento dejamos de habitar el lugar donde estamos?
Cuando era estudiante escuchaba música en mi Walkman y, más tarde, en un reproductor MP3. La diferencia era simple: la música ocupaba mis oídos, no mis ojos. Mirando por la ventana aprendí calles, reconocí barrios y memoricé mi ciudad sin proponérmelo.
Hoy sigo disfrutando de la tecnología. Uso Waze cuando conduzco, escucho la radio o música, y en el transporte público llevo audífonos. Pero intento que el teléfono siga siendo una herramienta y no el protagonista de cada momento.
No creo que la solución sea renunciar a la tecnología, sino recuperar algo que estamos perdiendo: la capacidad de prestar atención. Mirar el paisaje, notar los cambios de la ciudad, saludar a quien comparte un ascensor o simplemente tolerar unos minutos de silencio.
Quizás algunos vean eso como una costumbre anticuada. Yo lo veo como una forma de conservar algo profundamente humano. En una época donde competir por nuestra atención es un negocio, elegir levantar la vista y mirar al frente sigue siendo, para mí, una pequeña resistencia analógica.